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UN VIRUS MUY ESTENDIDO

Unos de los grandes contravalores que reinan en todos los niveles–a nivel personal, económico, familiar, político,… incluso entre las pandillas de niños- de las sociedades occidentales –y quien sabe si de las orientales- es la incongruencia.

Basta asomarse a los temas candentes a nivel nacional e internacional para ver muchas incongruencias a nivel colectivo o individual, o de mayor o menor importancia. Cómo no, este contravalor también afecta a los derechos humanos como la vida. Justificando la violación de éste, con algo incoherente. Quitar la vida de un embrión humano, se puede justificar de forma inentendible diciendo que es una interrupción voluntaria de un embarazo. También diciendo que va a ser utilizado para investigar los problemas en la configuración biológica de otros embriones humanos. Y cuando ya están configurados con aspecto humano se justifica su fin por motivos ideológicos mediante el terrorismo o matándolos para que no mueran de forma natural.

Bueno pues ante un contravalor, el mejor antídoto es educar en su valor humano: la congruencia. Y por congruencia vulgarmente entendemos cuando se hace y se dice lo mismo. Pero esto puede llevar a engaños, por eso profundicemos. La congruencia tiene tres ingredientes: lo que dice una persona, lo que hace una persona y lo que es una persona. De tal forma que lo que es una persona es lo que ha interiorizado mediante unos hábitos, haciéndolo parte esencial de su persona. De tal forma que lo que dice y hace es lo que es como persona única y congruente.

Sostener que la vida puede ser quitada, por los motivos arriba dichos, no tiene sentido, ya que al que no han abortado, utilizado para investigar, ha muerto en un atentado o ha sido eutanasiado agradece su vida. Y si es coherente agradecerá el ser como es, porque se habrá esforzado en conseguir la unidad de su persona.